30 Mar, 2026
Hay una presión en la escuela superior de la que no siempre se habla abiertamente. No se discute con los maestros ni en reuniones de padres. Es más sutil, más cotidiana, pero igual de poderosa.
Es la presión de pertenecer.
Para muchos adolescentes, especialmente en “high school”, encajar no es opcional: se siente como una necesidad. Y en esa búsqueda, el alcohol muchas veces aparece como un “puente” social. No porque todos quieran beber, sino porque muchos sienten que tienen que hacerlo.
Hoy en dia, la cultura alrededor del alcohol empieza temprano y con más visibilidad que nunca. En redes sociales, “gets” y fiestas, se construye una narrativa donde beber parece normal, esperado, incluso inevitable para “ser parte”.
Esto no es solo percepción. Según la Consulta Juvenil 2018-2020, en Puerto Rico casi la mitad de los estudiantes de séptimo a duodécimo grado (42.9%) ha tomado más de un sorbo de alcohol, y muchos lo hicieron antes de cumplir los 14 años. Muchos reportan haberlo hecho bajo presión social directa o indirecta.
El problema no es solo la edad en que empiezan, sino el por qué: para ser aceptados; para no sentirse diferentes.
Aquí es donde los padres debemos afinar la mirada. No siempre se trata de rebeldía. Muchas veces es inseguridad, miedo a quedarse fuera, o no saber decir que no por temor a perder amigos.
La conversación no puede empezar cuando ya hay un problema. Tiene que empezar antes, en casa, en lo cotidiano. No desde el regaño, sino desde la conexión.
Hablar claro sobre el alcohol, sí. Pero también escuchar: entender qué están viviendo, qué sienten, qué presiones enfrentan.
Más importante aún: brindarles herramientas reales y concretas:
También implica modelar con el ejemplo. La forma en que los adultos hablamos y usamos el alcohol en casa deja una huella más profunda de lo que pensamos.
Y sobre todo: dejarles claro que NO necesitan cambiar quiénes son para pertenecer.
Como adultos, a veces subestimamos lo difícil que puede ser la adolescencia hoy. Acompañarlos no requiere tener todas las respuestas; requiere estar presentes, atentos, disponibles y dispuestos a tener conversaciones incómodas.
Porque al final, la mejor herramienta que podemos darles no es el control… es la confianza.
Practiquemos hablar con nuestros hijos: con mente abierta, escucha activa y corazón compasivo.
Lilly A. Oronoz Rodríguez
Directora Ejecutiva de la Fundación Fields of Joy