27 May, 2026
Con la perspectiva clínica de Isabel Salichs Gelabert, M.S., psicóloga con especialidad en Consejería Psicológica
Le damos nombre a todo lo que nos importa.
A un hijo, incluso antes de conocerlo. A la mascota que llega a casa. Al carro de nuestros sueños. Nombrar es nuestra forma de decir: esto existe, esto importa, esto merece un lugar en mi vida.
Pero hay algo que se nos hace difícil nombrar: las emociones que sentimos.
Ese nudo en el pecho que un adolescente no sabe explicar. Esa irritabilidad que parece desproporcionada. Esas noches sin dormir. Esos días sin querer levantarse de la cama. Esa tristeza que aparece sin razón aparente y se queda más de lo esperado.
¿Es adolescencia? ¿Es rebeldía? ¿Es drama?
¿O es algo que tiene nombre?
En Fields of Joy Foundation creemos profundamente que: lo que no se nombra, muchas veces no se entiende, no se habla y no se atiende. Y cuando se trata de la salud mental de niños y adolescentes, el silencio no protege. El silencio puede dejar solo al que más necesita ser acompañado.
Imagina que llevas meses sintiéndote mal. No sabes por qué. Solo sabes que algo no está bien. Los adultos a tu alrededor te dicen que exageras, que es la edad, que ya se te va a pasar. Pero no pasa. Y cada día sin una explicación, te sientes más solo.
Ahora imagina que alguien, un profesional, un adulto que te escucha de verdad, se sienta contigo y te dice: “Lo que estás sintiendo tiene nombre. Se llama ansiedad. Y hay formas de trabajar con ella”.
Isabel Salichs Gelabert, psicóloga con especialidad en Consejería Psicológica de la Universidad Albizu, lo describe así:
“Ponerle nombre a lo que sentimos tiene un efecto profundamente liberador. Muchas veces, los niños y adolescentes viven emociones intensas sin entender qué les pasa, y eso puede hacerlos sentir confundidos, ‘raros’ o incluso culpables. Cuando finalmente pueden identificarlo: ‘esto es ansiedad’, ‘esto es tristeza’, ‘esto es frustración’… dejan de sentir que ellos son el problema y comienzan a entender que están atravesando una experiencia humana que puede comprenderse y atenderse”.
Ese es el poder de un nombre: transforma la relación que un joven tiene consigo mismo.
Ya no es: “yo soy ansioso”.
Es: “estoy sintiendo ansiedad en este momento”.
La diferencia parece pequeña, pero puede cambiar la forma en que un niño o adolescente se mira, se habla y se permite pedir ayuda.
Hay una frase que se repite mucho: “Lo que no tiene nombre no existe”. Pero nuestra especialista invitada, reta la realidad de la frase y hace una aclaración que vale la pena escuchar:
“El dolor emocional es absolutamente real aunque todavía no sepamos cómo llamarlo. Un adolescente puede estar sufriendo muchísimo sin que ni él ni nadie a su alrededor haya encontrado aún las palabras para describirlo. Decirle que lo que siente ‘no existe’ porque no tiene nombre sería, paradójicamente, otra forma de invisibilizarlo”.
Ella lo pone en palabras que duelen por lo certeras que son: “El joven termina cargando la responsabilidad de algo que no entiende y que tampoco puede pedir que le ayuden a sostener”.
Los datos confirman la urgencia. Según un informe estadístico de 2026 publicado por Huntington Psychological Services con datos de Mental Health America, el 60% de los adolescentes de 12 a 17 años en Estados Unidos que sufren un episodio depresivo mayor no recibe ningún tipo de tratamiento. Tres de cada cinco jóvenes con depresión clínica enfrentan su condición sin ayuda profesional.
La brecha no es solo de acceso. Es también de reconocimiento. Antes de que un joven pueda recibir ayuda, alguien tiene que reconocer que la necesita. Y para reconocerlo, primero hay que poder nombrarlo.
Aquí es donde muchas familias se encuentran atrapadas sin saberlo. Porque las palabras que usamos para describir a nuestros hijos importan más de lo que creemos.
“Es que mi hijo es bien difícil”.
“Es exagerada”.
“Monta un show por todo”.
“No tiene iniciativa”.
“Es un desastre”.
La psicóloga Isabel Salichs Gelabert, que trabaja con familias y jóvenes en Puerto Rico, lo ve con frecuencia.
“Yo suelo pensar que no existen hijos difíciles, sino familias que aún no han desarrollado las herramientas para acompañar las particularidades de ese hijo. Es un poco como decir que un examen es difícil cuando en realidad no tuvimos la preparación necesaria para enfrentarlo”.
Uno de los ejemplos más comunes es el TDAH.
Muchas conductas que se interpretan como vagancia, desobediencia o falta de interés pueden estar relacionadas con dificultades reales de atención, organización, regulación emocional o funcionamiento ejecutivo. El niño no necesariamente está ignorando a sus padres “por gusto”. Su cerebro puede estar funcionando de una manera distinta.
Lo mismo puede ocurrir con la ansiedad que se lee como “drama”, la depresión que se interpreta como “flojera” o los cambios intensos de ánimo que se atribuyen a “mal carácter”.
Mientras esa diferencia no tenga nombre, la familia seguirá buscando soluciones en el lugar equivocado.
Este es probablemente el obstáculo más humano y más frecuente que enfrentan las familias. La psicóloga Isabel Salich no lo minimiza:
“El miedo a la etiqueta viene de creer que un nombre va a definir a la persona para siempre, que va a limitar lo que puede lograr o que va a cambiar cómo los demás la ven. Ese miedo es válido, porque hemos vivido en una cultura donde los diagnósticos se han usado, a veces, de esa manera”.
Pero hay otro lado de la moneda. Y es el alivio.
“He visto a padres llorar cuando reciben un diagnóstico, no de tristeza, sino de descanso, porque llevan años sintiéndose perdidos”.
La frase que ella les dice a las familias que acompaña merece quedarse grabada: “Un nombre clínico no es una jaula. Es un mapa. No te dice adónde vas a llegar, pero sí te dice dónde estás parado y qué camino puedes tomar”.
La diferencia entre un nombre que libera y una etiqueta que limita no está en el diagnóstico en sí. Está en lo que hacemos con él. Un diagnóstico usado para entender y acompañar es una herramienta. Un diagnóstico usado para poner un techo es una etiqueta. Esa distinción no la hace el nombre. La hacemos nosotros.
Las barreras son reales, y nombrarlas también es parte del proceso.
Isabel Salichs Gelabert, identifica tres barreras que ve constantemente en su práctica:
En Puerto Rico, estas barreras se amplifican con frases que muchos hemos escuchado en nuestras propias familias: “Eso se le quita solo”. “Es cosa de la edad”. “En mi familia nadie ha estado loco”. “No le des tanta mente”.
La psicóloga Salichs Gelabert no las descarta. Las entiende: “Estas frases no vienen de la maldad; vienen del miedo, de la desinformación y de una cultura que históricamente no ha tenido espacio para hablar de salud mental sin estigma”.
Para un adolescente que lleva meses o años sintiéndose “raro”, “diferente” o “problemático”, recibir un nombre para lo que vive puede ser transformador.
“Ese nombre le devuelve algo que muchas veces ha perdido: la narrativa de sí mismo. El nombre le dice: no es que estés roto. Es que estás viviendo algo que tiene una explicación, algo que forma parte de tu experiencia pero que no determina quién eres”.

En su práctica, ella se sirve recordar el caso de un adolescente de unos 14 años que llegó después de años siendo descrito como “el problemático” de su clase. Sus maestros lo veían como irrespetuoso. Su familia pensaba que no quería esforzarse. Él mismo había empezado a creerlo.
Con acompañamiento profesional, pudieron identificar que estaba viviendo ansiedad severa que se expresaba como irritabilidad y evitación.
“Fue como si de repente dejara de ser el villano de su propia historia”.
Antes del nombre, cargaba con la culpa de ser “difícil”. Después del nombre, empezó a entender que había estado lidiando con algo real, sin las herramientas para manejarlo. Eso no eliminó la responsabilidad de trabajar en sí mismo, pero sí le devolvió algo fundamental: la posibilidad de mirarse con compasión en lugar de vergüenza.
También hay una diferencia importante entre ser algo y tener algo.
No es lo mismo decir: “soy ansioso”, que decir: “tengo ansiedad”.
No es lo mismo decir: “soy un problema”, que decir: “estoy atravesando una dificultad que puedo entender y atender”.
Esa distancia permite observar lo que pasa, hablarlo y trabajarlo sin sentir que eso define toda la identidad del joven.
Un diagnóstico no es el final del camino. Es el principio. Y lo que la familia haga con ese nombre importa tanto como el nombre mismo.
“La familia es el primer ecosistema del joven. Si ese espacio se convierte en uno donde el diagnóstico se vive como vergüenza o secreto, el joven aprende que lo que siente es algo que debe esconder. Y eso hace mucho daño”.

Un espacio seguro no se construye de golpe. Se construye desde disposiciones que, con el tiempo, se vuelven cultura familiar: hablar del diagnóstico con naturalidad. Preguntar cómo se siente el joven, no solo cómo va en la escuela. Validar lo que vive aunque no lo entendamos del todo. Buscar información juntos.
Isabel Salichs Gelabert deja un mensaje final que resume todo lo que este blog intenta comunicar, y que compartimos con ustedes tal cual, porque no hay forma de decirlo mejor:
“Nombrar lo que siente su hijo no es ponerle una carga encima. Es aprender a verlo más claramente. Cuando vemos a alguien con más claridad, podemos quererlo con más profundidad”.
“Cuando una familia entiende lo que está viviendo su hijo, deja de relacionarse con lo que parece y empieza a relacionarse con lo que es. Deja de responder al comportamiento y empieza a entender la experiencia detrás de él”.
Fields of Joy Foundation trabaja cada día para que la salud mental de nuestros niños y adolescentes en Puerto Rico tenga nombre, espacio y apoyo. Si necesitas ayuda para dar el primer paso, estamos aquí y te ofrecemos nuestra Red de Especialistas para que consultes de acuerdo a tu necesidad, ubicación y urgencia.
Las respuestas citadas en este blog son producto de la experiencia profesional de Isabel Salichs Gelabert, M.S., psicóloga con especialidad en Consejería Psicológica de la Universidad Albizu, San Juan. Conoce más sobre su trabajo en https://florecepsicologa.com
Nombrar lo que siente un niño o adolescente tiene un efecto liberador: deja de sentir que él es el problema y comienza a entender que está viviendo una experiencia que puede comprenderse y atenderse. Según la psicóloga Isabel Salichs Gelabert, nombrar permite externalizar la emoción, pasar de “yo soy ansioso” a “estoy sintiendo ansiedad”, lo que transforma la relación del joven consigo mismo y abre la puerta a pedir ayuda.
No. Un diagnóstico no es una etiqueta que limita, sino una herramienta que orienta. La psicóloga Isabel Salichs lo explica así: “Un nombre clínico no es una jaula. Es un mapa. No te dice adónde vas a llegar, pero sí te dice dónde estás parado y qué camino puedes tomar”. La diferencia entre un nombre que libera y una etiqueta que limita está en lo que hacemos con él.
Los cambios de ánimo son parte normal de la adolescencia. Pero cuando la irritabilidad, la tristeza, el aislamiento o los cambios de comportamiento son intensos, prolongados y afectan el funcionamiento diario del joven, es momento de buscar una evaluación profesional.
Lilly A. Oronoz Rodríguez
Directora Ejecutiva de la Fundación Fields of Joy